SEMBLANZA DE WALTER VOORDECKERS

El padre Walter Voordeckers, Nació en Turnhout, Bélgica, el 2 de septiembre de 1939. Hizo sus primeros votos el 8 de septiembre de 1960. Fue ordenado sacerdote el 1 de agosto de 1965. El 30 de agosto de 1966 salió hacia Guatemala su país de misión.  Trabajó en Nueva Santa Rosa, en Escuintla y en Santa Lucía Cotzumalguapa.

Por su compromiso con los pobres fue asesinado en Santa Lucía Cotzumalguapa el 12 de mayo de 1980, a las 09:30 de la mañana.

El 11 de mayo de 1980 el padre Voordeckers comentó: “Yo tengo un miedo tremendo, porque ya recibí amenazas, me quieren matar y me van a matar, pero si me quieren agarrar o si me quieren arrastrar, yo voy a correr, no me voy a dejar secuestrar, prefiero recibir un balazo y no ser secuestrado”.  

El 12 de mayo de 1980 cuatro individuos fuertemente armados se habían apostado, desde las siete de la mañana, frente a la parroquia y la sede de la Policía Nacional en el municipio de Santa Lucía Cotzumalguapa, Departamento de Escuintla. A las 9:30 de la mañana el padre Voordeckers salió de la parroquia camino a la oficina de correos. Los cuatro individuos trataron de secuestrarlo y, al fallar en el intento, le dispararon; el religioso recibió siete impactos de bala calibre 45, y de inmediato los atacantes se subieron a un jeep Toyota Land Cruiser, de color beige, con placas tapadas y huyeron.

El siguiente relato es la traducción del flamenco de una carta que Paula Vandererven CICM (Q.E.P.D.) escribió a los padres de Walter en Mayo de 1980.

“El lunes 12 de Mayo por la mañana Walter estaba escribiendo una carta y fue a depositarla a la oficina de correos, a unos pocos pasos de aquí; Sabina estaba ocupada en la oficina de la parroquia, Frans Harren se encontraba en su cuarto y el compañero filipino, Ador, trabajaba en otro lugar de la casa.

Sabina y Ador oyeron algo y pensaron: “Estos seguramente no son cohetes, más bien son tiros y es muy cerca de aquí”, como un rayo a Sabina se le pasó por la cabeza: ‘Walter acaba de salir’. Ella vuela a la puerta y claramente ve a Walter echado junto a la acera, a menos de 50 metros de la puerta. Ella salta de nuevo hacia adentro y grita: ¡Frans, mataron a Walter! Yo estaba en nuestra casa, que se encuentra al fondo, cuando Sabina se precipitó y pálida como un cadáver, me dijo “Mataron a Walter”. De una vez fui hacia afuera.

Mientras que Sabina llamaba por teléfono al Provincial (Lucas Mees), me abrí camino entre las muchas personas que ya se habían adelantado. Allí estaba Walter, mortalmente herido, ambos brazos un tanto en alto, la cabeza vuelta hacia un lado, una gran mancha de sangre en la espalda justamente debajo de la nuca. Su calvario había terminado. Eso fue apenas 3 o 4 minutos después del atentado, la ambulancia ya llegaba y unos minutos más tarde Walter estaba bajo tratamiento de cuatro médicos y varias enfermeras. Hubo todavía una reacción de Walter al darle oxígeno. Sin embargo, no pudo ser salvado. Siete balas lo habían alcanzado; 2 en el cuello, 5 en el tórax, de las cuales 4 en el lado superior derecho y 1 en el lado izquierdo. Los pulmones habían sido tocados. A las 9:30 a.m. ocurrió la agresión y a las 9:45 Walter ya había entrado en su resurrección, en su liberación, donde el Padre.

Walter, estamos agradecidos que todo salió rápidamente, que no tuvieron la ocasión de hacerte sufrir; tú mismo has podido escaparte de las torturas. No, Walter seguramente no sufrió, enseguida cayó inconsciente.

¿Cómo sucedió?

Según testigos oculares: Cuando Walter salió de la oficina de correos, dos hombres quisieron agarrarlo, muy probablemente para secuestrarlo. Ya que Walter les aventajó, pudo fugarse y comenzó a correr, pero sin saberlo –hacia las fauces del león. Walter sólo logró correr de 10 a 15 pasos, porque en la esquina de la calle estaba el hombre que le metió las balas en el pecho. Walter cayó de bruces e inconsciente quedó echado, extendido.

Walter, ¿qué debes haber sentido entre esos pocos segundos del escapar y del caer bajo el peso de una malicia que va tan lejos, hasta la represión de hombre a hombre?

Los autores huyeron en un jeep Toyota con placa cubierta, en que ya desde las 7.00 a.m. se habían puesto en emboscada, espiando.

El domingo en la noche, o sea en la víspera del asesinato, los otros dos CICM estaban aquí con nosotros, Sabina y yo, jugando naipes, cuando Walter entró alrededor de las 9:00 p.m. ¿Alguien me puede acompañar?, preguntó. “Vienen a pedirme de ir a ver a una enferma grave en un pequeño hotel llamado ‘Santiaguito’. Yo les dije que llamaría a alguien para acompañarme. El hombre con quien estaba hablando en la puerta, después de la misa, tiene una moto y se ofrece para llevarme. No lo conozco, así que no me fío de él” Ador, el CICM filipino, se fue con él. Sacaron el pick-up y dos hombres querían irse también; si lo entendí bien, eran los que venían a llamar al sacerdote. Uno de ellos quería forzosamente sentarse adelante en la cabina, pero no se lo permitían, sólo atrás.

Cuando llegaron al hotel Santiaguito, tal vez unos 3 minutos de camino, dijeron: «Esa mujer enferma no está aquí, pero sí en Siquinalá«, a unos 8 km. de allá. Walter dijo: “Lástima, pero allá ya no vamos; si es necesario, pueden venir a avisarnos mañana, pero esta noche ya no vamos allá’. Aquellos ya no insistieron.

Después de más o menos 10 minutos, los dos estaban aquí de regreso, para nuestro gran alivio, porque hoy en día… Toda esa manera de actuar sí nos pareció sospechosa, pero para no inquietar a Walter no se habló mayor cosa al respecto. Los últimos diez días se había vuelto más nervioso, estaba muy impresionado por el secuestro de su compañero filipino, Conrado de la Cruz, aunque fuertemente trataba de luchar contra su nerviosismo.

Ahora sí establecemos relación entre lo del domingo por la noche y lo del lunes por la mañana, muy probablemente querían secuestrar a Walter, pero porque iba acompañado, no lo hicieron. Menos mal, si no, se habría agregado toda una serie de torturas; ahora la pena, la angustia era mínima, y Walter tenía tanto miedo de una posibilidad de torturas, ¿y quién no? El miedo nos está cogiendo a todos, pero quien quiere llegar a la resurrección, tiene que pasar por el viacrucis.

EL SEPELIO

El asesinato de Walter nos conmovió a todos en sumo grado. Walter fue llevado a la iglesia con gran afluencia de gente. Más o menos media hora después de que Walter fue cargado adentro del templo, el obispo celebraba la Eucaristía con algunos sacerdotes CICM y otros; se comenzó con seis concelebrantes y se terminó con catorce, entre los cuales había dos obispos más. Walter fue vestido con alba y estola.

Desde las 4:00 de la tarde hasta después de medianoche no había para nosotros ni una posibilidad para ir a darle a Walter, en la caja, un último saludo. Sin cesar la gente venía a verlo en largas filas. ¿Y qué clase de gente? Los pobres, los sencillos, los campesinos, los trabajadores, el pueblo común y corriente. ¿De dónde venían? De todos lados de la parroquia, de cada finca, de cada aldea, también de los rincones más lejanos (de a 25 o 30 km.); también varios de Escuintla, su parroquia anterior, y para el entierro hasta de Nueva Santa Rosa, su primera misión. Muchos sacerdotes venían de todos lados para compartir el dolor y la pena de ese cobarde crimen.

Desde la llegada del cuerpo de Walter a la iglesia hasta el entierro, continuamente se oraba frente a él. Las mujeres de la “Guardia del Santísimo” proveían café y pan para ofrecer algo a toda esa gente, algunas personas se quedaron hasta después del entierro.

El entierro y la procesión al cementerio fue algo grandioso. Todo el mundo hasta ahora está maravillado. El atrio frente a la iglesia estaba abarrotado de gente. Afortunadamente tuvimos un día sin lluvia, así que todo el funeral se pudo realizar afuera. La Eucaristía fue concelebrada por 46 sacerdotes CICM, dos obispos y muchos otros sacerdotes; habían un verdadero convivir de parte de todo aquel que en algún modo entendía el sacrificio de Walter y la causa de que se trata.

La procesión hacia el cementerio no parecía terminar, alguien calculaba hasta 10,000 personas, íbamos lentamente, porque era imposible dar pasos, apretados como estábamos, orando y cantando, entre otros:  ¡Resucitó, aleluya!”